
Si tomamos el goce visual perseptual como punto de referencia, tenemos que el observador , ante cualquier objeto, impone su punto de vista o de sensación a través de una combinación de las capacidades innatas de la maduración del sistema nervioso y del aprendizaje en la cultura a la cual pertenece.
Explicándonos que la sensación que nos proyecta en primera instancia al ver un objeto, se refieren a la naturaleza física en las cuales se encuentra y luego la proyección psíquica y cultural que nos hace pensar, imaginar, empatizar, identificar, etc.
La esencia de la percepción se encontraría en la transformación de la impresión (sensación) en información cognitiva[1].
Una de las características dentro de la percepción y los elementos culturales que influyen en determinar lo visto, es el caso de la integración unitaria que se fundamenta en referencia del espacio, como la vertical arriba-abajo (que proviene de la gravedad, indicativa de abajo-suelo) o la distinción figura fondo.
Así, la información sensorial deviene en la mente a través de la memoria, la experiencia y el hábito, donde el observador selecciona lo que más le interesa y lo une como un elemento con las características inmutables de lo físico.
[1] R.Gubern,”La mirada opulenta”,


A este modo de percibir lo unitario, se agrega la flexibilidad mental que logra distinguir a un ser humano de otros bípedos y los elementos propios de cada ser humano (su postura, la expresión facial, su ropa, etc.), que difieren cuando alguien se encuentra de espaldas, impidiéndonos reconocer completamente todas las características físicas de la persona en observación.
Un occidental urbano puede reconocer el funcionamiento de una jarra de greda nativa, pero desconoce los diseños que se encuentran dibujados en su superficie, debido a que se encuentran fuera de su memoria, experiencia, y el hábito que designa el objeto.
O la revés, cuando alguien que no se ha visto nunca reflejado a través de un espejo, creería ver a otra persona detrás del marco que sustenta el espejo, o si no ha visto nunca una perspectiva pintada, pensaría que prolonga su mirada en forma real.
Es así que nuestra capacidad perceptiva no es fija e inmutable, sino que es una actividad cognitiva muy compleja, modelada por las experiencias anteriores al ser humano.



Al enfrentarnos a otras culturas, detectamos los cambios perceptuales de colores, formas, tamaños etc.
Tomando como ejemplo la percepción visual de una cultura, tiempo y espacio diferentes al contemporáneo, ocuparía a la VENUS de WILLENDORF, cuya belleza se contrapone con nuestra sensación de atracción femenina, ya que carece de delgadez y finura en los rasgos curvilíneos más eróticos (Figura 1).

Pero si nos situamos en el período paleolítico al cual pertenece esta creación, posiblemente cumplía una función importante de procreación para el grupo, debido a que se ven senos ampulosos que pueden alimentar con generosidad al recién nacido, y caderas anchas que connotarían a una mujer fecunda.
En el caso del color, se define por la percepción, por su matiz o tonalidad (que depende de la longitud de la onda de la luz), su luminosidad (que depende de la amplitud de la onda) y su saturación (que depende de la pureza de su composición espectral). Eligiendo a una tonalidad como referente, el ojo humano puede distinguir 10 a 11 millones de tonalidades, que no los expresa verbalmente en su totalidad. En la práctica, el canal neurológico no discrimina más allá 250 tonalidades distintas, aunque este factor varía según la cultura. Por ejemplo, los tintoreros veteranos logran distinguir 50 o 60 matices de color negro, los esquimales tienen diez denominaciones de blanco nacidas de la necesidad de describir diez realidades meteorológicas distintas, a diferencia de nosotros que expresamos blanco como la nieve.
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